Nagasaki
(Tribuna Universitaria, 22sep08)
Los colores tranquilos que descansan líquidos en piscinas llenas de rojo o de verde, los colores tímidos que al contacto de un índice vertebral se escalofrían en ondas hasta la orilla más cercana, los colores pálidos que desean en la intimidad convertirse en una escala de grises
son los mismos que empujados porw la fuerza de un mordisco gutural se estrellan contra las paredes cubriéndolas de restos de sangre y haciendo enloquecer las estaciones contiguas con la mezcla perfecta de oxígeno y ácido sulfúrico.
Los colores regulares que, estáticos, forman el abecé de los semáforos y el papel de regalo, los colores sin palabras que prefieren tomar el metro para tomar la ciudad por sorpresa, a escondidas y con la lentitud del alcohol en vena, los colores enredados en el sigilo que suavemente llaman a la lluvia desde un café de madrugada
son precisamente aquellos que sumergidos en una cama kilométrica con una cantidad ilimitada de fresas con azúcar son capaces de colorear sin descanso el camino más largo del universo. Incluso dos o tres veces en una misma noche, apuntando en los recodos de la lengua los recodos de las piernas y apuntándose en ellos los recodos del placer extremo.
Los colores indecisos que juegan inconscientes a preguntar a las ensaladas el color de los pecados capitales sobre la encimera de mármol, los colores discretos que conservan cromáticamente intacta la capacidad del rubor en los espacios públicos, los invisibles colores que forman la capa oculta de color de la luna
saben mejor que nadie dónde están los arsenales en el mapa del tesoro y la cantidad exacta de puñaladas de tinta que hacen falta para dejarlos estallar sin palabras;
así que no es sorprendente que los colores altivos que presumen de ignífugos en las reuniones anuales de colores
sean precisamente los que, en reacción conjunta, puedan incendiar una habitación entera en medio de la tormenta perfecta. Y desencadenar con ello la primera guerra atómica del tercer milenio, hasta convertir su Nagasaki particular en la fiesta del fin del mundo.
Los colores tranquilos que descansan líquidos en piscinas llenas de rojo o de verde, los colores tímidos que al contacto de un índice vertebral se escalofrían en ondas hasta la orilla más cercana, los colores pálidos que desean en la intimidad convertirse en una escala de grises
son los mismos que empujados porw la fuerza de un mordisco gutural se estrellan contra las paredes cubriéndolas de restos de sangre y haciendo enloquecer las estaciones contiguas con la mezcla perfecta de oxígeno y ácido sulfúrico.
Los colores regulares que, estáticos, forman el abecé de los semáforos y el papel de regalo, los colores sin palabras que prefieren tomar el metro para tomar la ciudad por sorpresa, a escondidas y con la lentitud del alcohol en vena, los colores enredados en el sigilo que suavemente llaman a la lluvia desde un café de madrugada
son precisamente aquellos que sumergidos en una cama kilométrica con una cantidad ilimitada de fresas con azúcar son capaces de colorear sin descanso el camino más largo del universo. Incluso dos o tres veces en una misma noche, apuntando en los recodos de la lengua los recodos de las piernas y apuntándose en ellos los recodos del placer extremo.
Los colores indecisos que juegan inconscientes a preguntar a las ensaladas el color de los pecados capitales sobre la encimera de mármol, los colores discretos que conservan cromáticamente intacta la capacidad del rubor en los espacios públicos, los invisibles colores que forman la capa oculta de color de la luna
saben mejor que nadie dónde están los arsenales en el mapa del tesoro y la cantidad exacta de puñaladas de tinta que hacen falta para dejarlos estallar sin palabras;
así que no es sorprendente que los colores altivos que presumen de ignífugos en las reuniones anuales de colores
sean precisamente los que, en reacción conjunta, puedan incendiar una habitación entera en medio de la tormenta perfecta. Y desencadenar con ello la primera guerra atómica del tercer milenio, hasta convertir su Nagasaki particular en la fiesta del fin del mundo.
Comentarios
Besitos.
No entré en el hall de la facultad de derecho de Salamanca este lunes y evidentemente no puede coger el tribuna, pero me alegro de que publiques aquí estos cachitos que me recuerdan tanto a mis lunes a las 9 de la mañana.
Me encantaaaa :)